lunes, 6 de mayo de 2013

Ecosocialismo (II): El modelo antropológico y sus consecuencias (parte 1)


Desde tiempos remotos la filosofía ha buscado formular la respuesta a una de las grandes preguntas de la humanidad: ¿Qué es el ser humano? Desde un punto de vista científico, los avances en el campo de la biología y la genética han permitido describir la parte «natural» del Homo sapiens: El ser humano es una especie animal de la familia de los homínidos etcétera etcétera.

Pero ir más allá, definir a la humanidad más allá de la ciencia, como seres sociales y culturales, implica la necesidad de establecer un estereotipo de ser humano, construir culturalmente al «Hombre».

Esta construcción es de vital importancia para la filosofía, pues el punto de partida (nuestra concepción de que es el ser humano desde un punto de vista no científico) determinará el modelo de sociedad que le es propio. En definitiva, justificará en un grado mayor o menor las diferentes instituciones políticas, sociales y económicas en la que el propio ser humano vive.

Homo economicus versus Homo ecologicus

¿Es el ser humano egoísta por naturaleza? Un sinfín de teorías filosóficas y científicas tratan desde hace siglos de imponer la visión del hombre como lobo para sus propios congéneres. No es casual, pues se busca la concepción antropológica del hombre egoísta por naturaleza (conocido como Homo economicus) para justificar el sistema capitalista de producción.

Darwin formuló que es la selección natural, es decir la competencia entre individuos, el motor de la evolución. En la misma línea Richard Dawkins formuló su teoría del gen egoísta, en la cual es el gen la unidad evolutiva que compite.

Dicha forma de entender la naturaleza y las relaciones sociales buscan ser la base científica del liberalismo. La similitud entre la teoría de la evolución y los postulados de Adam Smith son evidentes.

Pero lo cierto es que en sociedad vemos constantemente que los seres humanos no están guiados únicamente por egoísmo. Podemos observar comportamientos altruistas y que, por lo tanto, no responden al estereotipo del Homo economicus.

Así pues, aunque la capacidad cognitiva es resultado de una evolución biológica, el sistema de valores y normas es establecido por mecanismos culturales (algunos incluso contradicen lo que entenderíamos por «natural» desde la teoría de la evolución).

El sistema capitalista potencia el egoísmo y la instrumentalización del resto de individuos y del medio ambiente, pero no se puede afirmar que el ser humano es determinadamente egoísta bajo cualquier circunstancia.

Si imponemos el modelo antropológico del Homo economicus no hay salida posible. Por lo tanto, es necesario construir un sistema que fomente el altruismo entre los ciudadanos, que fomente la cooperación en lugar de la competencia y que fomente criterios como el de «suficiencia» en lugar de incentivar las ansias de bienes y riqueza.

En definitiva, necesitamos reformular nuestro modelo de ser humano, que rompa con el modelo neoclásico. Un Homo ecologicus que no nos lleve al abismo hacia el cual nos lleva la dinámica mercantil actual.

Necesidades y deseos

Podemos distinguir en el ser humano tres niveles de deseo: Las necesidades fisiológicas para la supervivencia y la reproducción (comida, agua…), las necesidades básicas (en este grupo se incluyen los mínimos necesarios para una vida en sociedad digna y autónoma) y los deseos humanos, muy ligados a los condicionantes culturales.

Las necesidades, por propia definición, son limitadas. Siguen un circuito de acción igual que el del resto de animales no humanos:

Necesidad à Pulsión interna àMecanismos de respuesta à Consumo à Saciedad
Al satisfacer la necesidad, el organismo siente placer. Si no podemos saciar la necesidad (o la saciamos en exceso) puede conllevar problemas fisiológicos.

Por el contrario, los deseos humanos son infinitos. Rompen la cadena de las necesidades, la cultura y el lenguaje crean deseos simbólicos que carecen de límites biológicos (por ejemplo el deseo de riqueza, de poder…).

José Antonio Marina en su libro Los arquitectos del deseo distingue entre tres tipos de deseos humanos fundamentales:

  1. El deseo de bienestar personal: Es un deseo hedónico que se caracteriza por buscar placeres y evitar dolores en el propio sujeto.
  2. El deseo de vínculo social: Somos seres esencialmente sociales, el deseo de pertenencia a un grupo limita incluso el despliegue de los otros dos deseos básicos.
  3. El deseo de ampliar las posibilidades de acción: Es un deseo claramente expansivo, deseamos conocer más, poder, realizar nuevos logros etc.
Pero los deseos son un arma de doble filo, por un lado aportan bienes (satisfacción, realización personal…) pero en exceso provocan males (egoísmo, tiranía…). Si nos fijamos en la dinámica del sistema capitalista veremos que fomenta el primer deseo, el hedonismo (mediante una cultura consumista) y el tercero (mediante el ideal de progreso tecnocientífico).
Ambos deseos provocan problemas de carácter ambiental y social. Por un lado, la cultura consumista provoca grandes externalidades ecológicas (contaminación, residuos, uso abusivo de recursos naturales…) y por el otro la tecnociencia al servicio del ideal de progreso aumenta las posibilidades de alterar el equilibrio ecosistémico.

Pero también provocan daños sociales (los cuales han sido denunciados durante décadas por los diferentes grupos socialistas). Una nueva cultura debe ir en la línea de reforzar el segundo deseo en detrimento de los otros dos. Forjar la felicidad humana a través de sus relaciones sociales, vivir en abundancia de tiempo y de amigos con que compartirlo más que objetos con que gastarlo.

El objetivo de la vida no puede ser la obtención del máximo beneficio económico sino la felicidad. Precisamente, el día 9 de Febrero del 2013 se publicaba en el diario «Ara» una noticia que ejemplifica a la perfección el coste emocional que supone vivir en un sistema capitalista y consumista. El titular era «Los cinco arrepentimientos más frecuentes cuando se acerca la muerte»1

  1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir mi propia vida y no la que esperaban los demás.
  2. Me gustaría no haber trabajado tanto.
  3. Me gustaría haber tenido la valentía de expresar mis sentimientos.
  4. Me gustaría haber mantenido más el contacto con mis amigos.
  5. Me gustaría haberme permitido ser más feliz.
En definitiva, uno se va de la vida (quizás la única que tenemos) arrepintiéndose de no haber dedicado más tiempo a ser feliz, a reforzar los lazos con sus amistades, a ser menos esclavo del trabajo, a ser más libre de vivir. Se le acaba la vida arrepintiéndose por no haber vivido más.

Buscando una vida de riqueza material se pierde la oportunidad de disfrutar de las cosas inmateriales. El ciudadano vive constantemente rodeado de gente, sobre todo en las grandes urbes, pero se le aísla, porque vivir solo es potencialmente bueno para estimular el consumo material.

Pero los bienes materiales no pueden suplir a aquéllas cosas que realmente nos aportan felicidad. Hay numerosos estudios que demuestran que a partir de tener nuestras necesidades cubiertas, más riqueza no aporta más felicidad. Aun así, el consumidor, que es producto de la publicidad, busca constantemente consuelo en objetos o servicios que le otorguen satisfacción, aunque no lo otorguen felicidad.

Es necesario por lo tanto, potenciar una sociedad con estrechos vínculos sociales, potenciar también el consumo colectivo y la constante interacción entre individuos. Donde el individuo pueda sentirse realizado como ser humano.


[1] «Els cinc penediments més freqüents quan se'ns acosta la mort» [www.ara.cat], basado en el libro de Bronnie Ware «The Top Five Regrets of the Dying: A Life Transformed by the Dearly Departing» de la Editorial Häftad

2 comentarios:

  1. M'ha encantat aquesta publicació! Segueix així nene!

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    1. Merci Yankee! pensava que ja no entendries el català ara que ets un nigga de California

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