jueves, 18 de abril de 2013

El increíble caso de una ley justa


Hay ciertas noticias que nos pasan desapercibidas a los afortunados asalariados a los que nos alcanza el sueldo para llegar sin apuros a finales de mediados de mes. Y es que por fin, después de porfiar 14 meses, este gobierno acaba de redactar una ley que puede favorecer a los pobres y no nos hemos dado cuenta. Me quedé no menos asombrado que usted, boquiabierto lector, y en ingrata lid con mi pereza dejé el violín y me puse a trabajar y a entrecruzar datos. 

No me podía creer que este gobierno traicionara a sus electores y mancillara su programa electoral, por primera vez, para hacer el bien a los pobres. El contrato electoral en este país es sagrado. Un programa electoral no se traiciona. Es una tradición muy insobornable y española.

Volví a leer la crónica periodística con detenimiento analítico, querido Watson. La frase clave de este espeluznante misterio la pronunciaba el presidente del banco beneficiado por la ley: “Esperemos poder conseguir alimentos por otras vías, como con la nueva ley que prohíbe la fecha de caducidad”.

Estoy seguro, Watson, de que habrá colegido inmediatamente que este presidente de banco no es ningún banquero. Un hombre que dice “esperemos poder conseguir” no está exigiendo, como haría cualquier banquero ante el gobierno de este país. Está suplicando. Un verdadero banquero jamás habla de fecha de caducidad. Habla de prescripción del delito. Se trata del presidente del Banco de Alimentos, como ya habrá deducido usted. El de Galicia, concretamente. Los Bancos de Alimentos dan de comer a 1,3 españoles cada día. Eso sí que jamás lo haría un banquero. ¿No era elemental?

En principio sospeché que aprobar una ley que beneficia a los pobres fue un equívoco debido a las prisas con las que legisla este gobierno. Alguien leyó en la ley la palabra banco y la firmaron sin mirar más, pensando el presidente del gobierno de Su Majestad que era una orden de arriba, de los banqueros. Pero no me satisfizo del todo la conclusión. La palabra alimentos está demasiado cerca de la palabra banco, y es imposible no sospechar de una ley donde aparece la palabra alimentos. Es casi peor que si apareciera la palabra solidaridad. Los alimentos nunca aparecen en las leyes que benefician a los poderosos. Los alimentos siempre son para los pobres. Las limosnas. No había confusión posible. El Gobierno había dictado una ley que los pobres consideran que puede estar bien. ¿No le parece un caso fascinante, Watson? ¿Qué motivos podrían haber inducido a este circunspecto gobierno a tomar tan insensata decisión?

La famosa ley va a permitir que las grandes superficies mantengan más tiempo en exposición los productos perecederos. Y el antedicho presidente de banco, cuyo nombre es José Pita, considera que los comercios les donarán sus productos una vez se haya cumplido la fecha de consumo preferente. Los hombres buenos de todos los países son iguales. Incluso en los exóticos como este, querido Watson. Por muy dramáticas que sean las circunstancias, conservan un escéptico optimismo.

Llamé a los chicuelos y los envié a las sedes de unos cuantos organismos oficiales españoles y europeos de la capital. Disfrazados de repartidores de periódicos gratuitos, afinaron la oreja y me trajeron jugosa información a cambio de apenas unas monedas.

Al parecer, las altas jerarquías continentales consideran imprescindible, para el correcto diseño de la Unión Europea, la reducción o eliminación de las ayudas comunitarias a los bancos de alimentos. Y la mitad de los alimentos que reciben estos bancos provienen del plan europeo… Hay que recortar lo prescindible. Y lo prescindible es la limosna alimentaria al pueblo. De nada sirve alegar que la mitad de los alimentos que produce Europa se desperdician. De donde venimos nosotros, Watson, resulta fácil comprender cuántos sacrificios hay que demandarle a los súbditos para construir un imperio como la Europa que será. Pero los mediterráneos son diferentes.

Finalmente, tras devanarme los sesos durante semanas, llegué a la conclusión final, querido Watson. ¡Brillante fraude! Digno de la mente de un Moriarty. En los próximos años, la recesión y el desempleo continuarán. Las grandes superficies tendrán más tiempo de almacenaje, e incluso podrían bajar el precio de los productos que se acerquen a la fecha de caducidad, productos de segunda clase para la ex burguesía, con lo que no necesitarán tirar desperdicios ni donarle nada a los bancos de alimentos. ¡Esta ley será otro buen negocio para las grandes empresas!  ¡Lo consiguieron, Watson! Formidable. Catorce meses legislando sin tener el más ligero desliz a la hora de hacer el mal. Todo un récord. Realmente, no sé qué habrá visto en Mary lo suficientemente perverso como para que la prefiera usted a venirse a estudiar conmigo este fascinante continente y, en concreto, este país.

AUTOR: Aníbal Malvar

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