martes, 19 de marzo de 2013

Lecturas Ecosocialistas: ¿Qué es el ecosocialismo?


El crecimiento exponencial de la contaminación del aire en las grandes ciudades, del agua potable y del ambiente en general; el calentamiento del planeta, el principio de la fusión de los glaciales polares, la multiplicación de catástrofes "naturales"; el principio de la destrucción de la capa de ozono; la destrucción, a una velocidad creciente, de los bosques tropicales y la rápida reducción de la biodiversidad por la extinción de miles de especies; el agotamiento de tierras, su desertificación; la acumulación de basura, principalmente nuclear, imposible de manejar; la multiplicación de accidentes nucleares y la amenaza de un nuevo Chernóbil; la contaminación de la comida, las manipulaciones genéticas, las "vacas locas", la carne con hormonas. 

Todas las luces están rojas: es evidente que el curso enloquecido de las ganancias, la lógica productivista y la mercantilización de la civilización capitalista/industrial nos conduce a un desastre ecológico de proporciones incalculables. No es ceder al «catastrofismo» el constatar que la dinámica del «crecimiento» infinito inducido por la expansión capitalista amenaza los fundamentos naturales de la vida humana en el planeta.

¿Cómo reaccionar frente a este peligro? El socialismo y la ecología -o por lo menos, ciertas corrientes suyas- tienen objetivos comunes que implican un cuestionamiento de la autonomización de la economía, del reino de la cuantificación, de la producción como meta en sí misma, de la dictadura del dinero, de la reducción del universo social al cálculo de márgenes de rentabilidad y a las necesidades de la acumulación del Capital. Ambos defienden los valores cualitativos: el valor de uso, la satisfacción de necesidades, la igualdad social, el resguardo de la naturaleza, el equilibrio ecológico. Ambos conciben a la economía como una "pieza" en el ambiente: social para algunos, natural para otros.

Se dice, las divergencias de fondo son las que mantienen separados a los «rojos» y a los «verdes», a los marxistas de los ecologistas. Los activistas ecologistas acusan a Marx y Engels de productivismo. ¿Se justifica esta imputación? Sí y no.

No, en la medida en que nadie denunció tanto como Marx la lógica capitalista de producción por la producción, la acumulación del Capital, riquezas y mercancías como fin en sí mismo. La misma idea de socialismo, al contrario de la miserable falsificación de los burócratas, es la de una producción de valores del uso, de bienes necesarios para la satisfacción de necesidades humanas.

El objetivo supremo del progreso técnico para el socialismo de Marx no es el crecimiento infinito de posesiones ("el tener") sino la reducción de la jornada de trabajo, y el crecimiento del tiempo libre ("el ser").

, en la medida en que a menudo en los hallazgos a Marx o Engels (y más todavía en el marxismo ulterior) hay una tendencia a hacer del "desarrollo de las fuerzas productivas" el vector principal del progreso, así como una posición poco crítica hacia la civilización industrial, principalmente en su relación destructiva del medio ambiente.

En realidad, uno encuentra en los escritos de Marx y Engels elementos para nutrir estas dos interpretaciones. La cuestión ecológica es, en mi opinión, el desafío más grande para una renovación del pensamiento marxista en el umbral del siglo XXI. Ésta exige a los marxistas una revisión crítica profunda de su concepción tradicional de las "fuerzas productivas", así como una ruptura radical con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna. Walter Benjamín fue uno de los primeros marxistas en el siglo veinte que propuso este tipo de problemas: desde 1928, en su libro Sentido único, denunciaba la idea de dominación de la naturaleza como una "instrucción imperialista" y propuso una nueva concepción de la técnica como "dominio de la relación entre la naturaleza y la humanidad". Algunos años después, en sus Tesis sobre el concepto de historia se propone enriquecer al materialismo histórico con ideas de Fourier, ese utópico visionario que había soñado "un trabajo que, lejos de explotar a la naturaleza, está en condiciones de aliviarla de las criaturas que duermen latentes en su seno."

Hoy todavía los marxismos están lejos de haber colmado sus carencias en este terreno. Pero algunas reflexiones empiezan a atacar esta tarea. Una pista fecunda ha sido abierta por el activista ecológico y marxista americano James O'Connor: es necesario agregar a la primera contradicción del capitalismo, examinada por Marx, la existente entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, una segunda contradicción entre las fuerzas productivas y las condiciones de producción: los trabajadores, el espacio urbano, la naturaleza. Por su dinámica expansionista, el Capital pone en peligro o destruye sus propias condiciones, empezando con el ambiente natural -una posibilidad que Marx no había tenido suficientemente en consideración.

Otro interesante acercamiento es sugerido en un reciente texto de un ecomarxista italiano: "La fórmula según la cual se produce una transformación de las fuerzas potencialmente productivas en fuerzas eficazmente destructivas, especialmente respecto al ambiente, nos parece más conveniente y más significante que el esquema muy conocido de la contradicción entre fuerzas productivas (dinámicas) y relaciones de producción (que las encadenan a las primeras). Por otra parte, esta fórmula permite dar un fundamento crítico y no apologético al desarrollo económico, tecnológico, científico, y por consiguiente para elaborar un concepto de progreso 'differentié' [diferenciado] (E. Bloch).

Que sea marxista o no, el movimiento obrero tradicional en Europa –los sindicatos, partidos socialdemócratas y comunistas- permanece profundamente marcado aún por la ideología del "progreso" y por el productivismo, y, en ciertos casos, defiende, sin mayor cuestionamiento, la energía nuclear o la industria automotriz. Es verdad que un principio de sensibilización ecologista está en proceso de desarrollarse, principalmente en los sindicatos y partidos de izquierda en los países nórdicos, en España, en Alemania, etc.

Crisis de la civilización

La gran contribución de la ecología fue -y es de nuevo- hacernos tomar conciencia de los peligros que amenazan al planeta como consecuencia del modo presente de producción y consumo. El crecimiento exponencial de agresiones al ambiente, la amenaza creciente de una ruptura del equilibrio ecológico configura un escenario catastrófico que pone en cuestión la misma supervivencia de la vida humana. Somos confrontados con una crisis de la civilización que requiere algunos cambios radicales.

El problema es que las proposiciones avanzadas por las corrientes dominantes de la ecología política europea son muy insuficientes o llevan a callejones sin salida. Su principal debilidad es ignorar la necesaria conexión entre el productivismo y el capitalismo, de conducir a la ilusión de un "capitalismo propio" o de reformas capaces de controlar sus "excesos" (como eco-impuestos, p.e.). Toman como pretexto la imitación, por las economías burocráticas despóticas, del productivismo occidental, encontrando que espalda a espalda el capitalismo y el socialismo son dos variantes del mismo modelo - un argumento que ha perdido su interés después del hundimiento del pretendido "socialismo real."

Los activistas ecológicos están equivocados si ellos piensan poder hacer la crítica de la economía marxista del capitalismo: una ecología que no comprende la relación entre el "productivismo y la lógica de la ganancia está condenada al fracaso -o peor, a la recuperación por el sistema. Los ejemplos no faltan... La ausencia de una postura anti-capitalista coherente ha conducido a la mayor parte de los partidos verdes europeos -Francia, Alemania, Italia, Bélgica- a volverse en simples compañeros "eco-reformistas" de la gestión social-liberal del capitalismo en los gobiernos de centro-izquierda.

Considerando a los trabajadores como irremediablemente ganados por el productivismo, algunos activistas ecologistas consideran un punto muerto al movimiento obrero, y han puesto en sus banderas: "ni izquierda, ni derecha". Los ex-marxistas convertidos a la ecología declaran apresuradamente el "adiós a la clase obrera" (André Gorz), mientras de otros (Alain Lipietz) insisten que es necesario salir del "rojo" –es decir, del marxismo o del socialismo- para adherirse al "verde", al nuevo paradigma que traería una respuesta a todos los problemas económicos y sociales.

Finalmente, en las corrientes llamadas "fundamentalistas" (o de la ecología profunda) se llegan a esbozar, bajo el pretexto de luchar contra el antropocentrismo, una refutación al humanismo que conduce a posiciones relativistas, colocando a todas las especies vivientes en el mismo nivel. ¿Es necesario considerar verdaderamente que el bacilo de Koch o el mosquito anopheles tienen los mismos derechos a la vida que un niño enfermo de tuberculosis o malaria?

El ecosocialismo

¿Qué es por consiguiente el ecosocialismo? Se trata de una corriente de pensamiento y de acción ecologista que hace suyos los principios fundamentales del marxismo -todos desembarazados de las escorias productivistas. Para los ecosocialistas la lógica del mercado y la ganancia, del mismo modo que en autoritarismo burocrático del supuesto «socialismo real», es incompatible con las exigencias de la salvaguarda del medio ambiente natural. Todos critican la ideología de las corrientes dominantes del movimiento obrero, pero reconocen que los trabajadores y sus organizaciones son una fuerza esencial para la transformación radical del sistema, y para el establecimiento de una nueva sociedad, socialista y ecológica.

El ecosocialismo se ha desarrollado durante los últimos treinta años, gracias a trabajos de pensadores de la talla de Manual Sacristán, Raymond Williams, Rudolf Bahro (en sus primeros escritos) y André Gorz (ibidem), como en las preciosas contribuciones de James O'Connor, Barry Commoner, John Bellamy Foster, Joël Kovel (EU), Juan Martinez Allier, Francisco Fernández Buey, Jorge Riechmann (España), Jean-Paul Déléage, Jean-Marie Harribey (Francia), Elmar Altvater, Frieder Otto Wolff (Alemania), y muchos otros, que se han expresado en una red de revistas tales como: Capitalism, Nature and Socialism, Ecología Política, etc.

Esta corriente está lejos de ser políticamente homogénea, pero la mayoría de sus representantes comparten ciertos temas comunes. En ruptura con el productivismo de la ideología del progreso -en su forma capitalista o burocrática- y en oposición a la expansión infinita de un modo de producción y consumo destructor de la naturaleza, ellos representan una tentativa original para articular las ideas de un socialismo marxista con las adquisiciones de la crítica ecológica.

James O'Connor define como ecosocialistas las teorías y movimientos que intentan subordinar el valor de cambio al valor de uso, mientras organizan la producción según las necesidades sociales y los requisitos para la protección del medio ambiente natural. Su meta, un socialismo ecológico, sería una sociedad racional fundada ecológicamente en el control democrático, la igualdad social y el predominio del valor del uso. Yo agregaría que esta sociedad supone la propiedad colectiva de los medios de la producción, una planificación democrática que permita a la Sociedad definir metas de producción e inversiones, así como una nueva estructura de la fuerza productiva tecnológica.

El razonamiento ecosocialista reposa sobre dos argumentos esenciales:

1) El modo de producción y de consumo actual de los países desarrollados, fundados sobre la lógica de la acumulación ilimitada del Capital, de ganancias, de mercancías, de despilfarro de recursos, de consumos ostentosos y de destrucción acelerada del medio ambiente, no puede de ningún modo ser extendido en el conjunto del planeta, sino bajo la idea de una importante crisis ecológica; según cálculos recientes, si se generalizara al conjunto de la población mundial el consumo medio de energía de USA, las reservas actuales de Petróleo se agotarían en diecinueve años. Este sistema está, por tanto, necesariamente fundado en el mantenimiento y el agravamiento de las escandalosas injusticias entre el Norte y el Sur.

2) En este estado de cosas, la continuación del «progreso» capitalista y la expansión de la civilización fundada sobre la economía de mercado, que funciona bajo una forma brutalmente inequitativa, amenaza directamente, a mediano plazo, (toda previsión sería azarosa), la supervivencia misma de la especie humana. El cuidado de la naturaleza es por tanto un imperativo humanista.

La racionalidad limitada del mercado sistema capitalista, con sus cálculos inmediatistas de pérdidas y ganancias, es intrínsecamente contradictorio con una racionalidad ecológica que toma en cuenta la temporalidad de los ciclos naturales largos. No se trata de oponer los «males» capitalistas ecocidas con los «buenos» capitalistas verdes: es el sistema mismo, fundado en una despiadada competencia, en las exigencias de rentabilidad, en el curso de las altas tasas de ganancias, que es destructivo de los equilibrios naturales.

El pretendido «capitalismo verde» es sólo una maniobra publicitaria, una etiqueta puesta para vender una mercancía, o, en el mejor de casos, una iniciativa local equivalente a una gota de agua en la tierra árida del desierto capitalista.

Contra el fetichismo de la mercancía y la autonomización cosificada de la economía, acendrada a través de neoliberalismo, se pone en juego el futuro que es, para los ecosocialistas, la puesta en acción de la "economía moral", en el sentido que dio E.P. Thompson a este término, es decir, una política económica fundada sobre criterios no-monetarios y extra-económicos: en otros términos, la "reintricación" de lo económico en el ecológico, lo social y lo político.

Las reformas parciales son completamente insuficientes: es necesario reemplazar la micro-racionalidad de la ganancia por una macro-racionalidad social y ecológica, lo que requiere un cambio real de civilización. Ello es imposible sin una reorientación tecnológica profunda y apuntando al reemplazo de las fuentes actuales de energía por otras, no-contaminantes y renovables, como la energía eólica o la solar. La primera cuestión planteada es, entonces, sobre el control de los medios de producción, y sobre todo por las decisiones de inversión y mutación tecnológica; de modo que deben quitarse de los bancos y de las empresas capitalistas esos medios y esas decisiones para volverse bienes comunes de la sociedad. Ciertamente, el cambio radical no sólo involucra la producción, sino también al consumo. Sin embargo, el problema de la civilización burgués/industrial no es -como pretenden a menudo a los activistas ecológicos- «el consumo excesivo» de la población, y la solución no es un «limitación» general del consumo, fundamentalmente en los países capitalistas avanzados. Es el tipo del consumo actual, fundado en el desperdicio y la ostentación, la alienación mercantil, la obsesión por acumular, lo que debe ponerse en cuestión.

Una reorganización en su conjunto del modo de producción y consumo es necesaria, fundada sobre criterios exteriores a los del mercado capitalista: en las necesidades reales de la población (no necesariamente en las solventes) y la salvaguarda del medio ambiente. En otros términos, una economía de transición al socialismo, "re-ajustada" (como diría Karl Polanyi) en el medio ambiente social y natural, porque está fundada en la opción democrática de prioridades e inversiones decididas por la población -y no por leyes del mercado o por un politburó omnisciente. Todavía en de otros términos, una planificación democrática local, nacional, y, tarde o temprano, internacional, definiendo: 1) qué productos deben subvencionarse o tener una distribución gratuita ; 2) qué opciones energéticas deben, ser permitidas, aunque ellas no sean, en primer tiempo, las «rentables»; 3) cómo reorganizar el sistema de transportes, según criterios sociales y ecológicos; 4) qué medidas se toman para reparar, lo más rápidamente posible, los gigantescos daños al medio ambiente dejados «en herencia» por el capitalismo. Y así en adelante...

Esta transición no sólo manejaría a un nuevo modo de producción y a una sociedad igualitaria y democrática, sino también un modo de vida alternativo, una nueva civilización, ecosocialista, más allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo artificialmente inducidos por la publicidad, y de la producción al infinito de mercancías que dañan el medio ambiente (¡el automóvil individual!).

¿Utopía? En el sentido etimológico («ningún lugar»), sin duda. Pero si no creemos más, como Hegel, que "todo lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real", ¿cómo pensar una racionalidad sustancial sin hacerse llamar utopía? La utopía es indispensable en el cambio social, con tal de que se funde en las contradicciones de la realidad y en los movimientos sociales reales. Este es el caso del ecosocialismo, que propone una estrategia de alianza entre los "rojos y los verdes" –no en el sentido político estrecho de los partidos socialdemócratas y de los partidos verdes, sino en un sentido más amplio, es decir, entre el movimiento obrero y el movimiento ambientalista -y de solidaridad con los oprimidos y explotados del Sur.

Esta alianza implica que la ecología renuncia a las tentaciones del naturalismo anti-humanista y abandona su pretensión de reemplazar la crítica de la economía política. Esta convergencia también implica que el marxismo se desembaraza de su productivismo, sustituyendo el esquema mecanicista de la oposición entre el desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones de producción que las limitan, por la idea, mucho más fecunda, de una transformación de las fuerzas potencialmente productivas como fuerzas efectivamente destructivas.

Dinámica de cambio

La utopía revolucionaria de un socialismo verde o de un comunismo solar no significa que uno no debe actuar desde hoy mismo. Pero no tener ilusiones sobre la posibilidad de "ecologizar" al capitalismo no significa que no debe comprometerse con el combate por reformas inmediatas. Por ejemplo, algunas formas de ecoimpuestos pueden ser útiles, a condición de que sean portadores de una lógica social igualitaria (hacer pagar a los contaminadores y no a los consumidores), y que se quite de encima el mito de un cálculo económico del "precio de mercado" por el daño ecológico: esa es una variable inconmensurable desde el punto de vista monetario. Tenemos necesidad desesperadamente de ganar tiempo, de luchar inmediatamente por la prohibición del CFCS que destruye la capa de ozono, por una prohibición de los OGM, por una severa limitación de los gases responsables del efecto invernadero, por privilegiar a los transportes públicos por encima del uso del automóvil individualista, contaminante y anti-social.

La trampa que nos amenaza en esta tierra es ver nuestras reivindicaciones tomadas positivamente en cuenta, pero vaciándolas de su contenido. Un caso ejemplar son los «Acuerdos de Kioto» sobre el cambio climático, en los que se previó una reducción mínima del 5% en relación a 1990 –lo que es demasiado poco para para tener resultados efectivos- en la emisión de gases responsables del calentamiento global del planeta. Como se sabe, EU, principal fuerza responsable de la emisión de gases, se rehusó obstinadamente a firmar esos Acuerdos; en cambio, Europa, Japón y Canadá, sí firmaron dichos Acuerdos, pero reordenando sus términos –con el famoso «mercado de derechos de emisión», o el reconocimiento del supuestamente «bien del carbono»-, que todavía reduce más el alcance, ya muy limitado, de estos Acuerdos. En lugar de los intereses a largo plazo de la humanidad, predominaron aquellos que, a simple vista, son los de la multinacional del petróleo y el complejo industrial del automóvil.

La lucha por las reformas eco-sociales puede ser portadora de una dinámica de cambio, de "transición" entre las demandas mínimas y el programa máximo, a condición de que rechace los argumentos y las presiones de los intereses dominantes, de apelar a las reglas del mercado, la competitividad o la "modernización". Algunas demandas inmediatas ya son, o puede volverse rápidamente, el lugar de una convergencia entre los movimientos sociales y los movimientos ecologistas, entre sindicalistas y conservacionista, entre rojos y verdes:

- La promoción del transporte público -trenes, metros, camiones, tranvías-, bien organizado y gratuito, como alternativa a los embotellamientos y la contaminación de ciudades y campos gracias al uso del automóvil individual y al sistema de caminos y transporte.

- La lucha contra el sistema de la deuda y los "ajustes ultra-neo-liberales" impuesto por el FMI y el Banco Mundial a los países del Sur, con consecuencias sociales y ecológicas dramáticas: el desempleo masivo, la destrucción de las protecciones sociales y de las culturas vivientes, la destrucción de los recursos naturales por la exportación.

- La defensa de la salud pública contra la polución del aire, del agua (mantos acuíferos) o de la comida, por la avaricia de las grandes empresas capitalistas.

- La reducción del tiempo de trabajo como respuesta al desempleo y como visión de la sociedad que privilegia el tiempo libre respecto a la acumulación de bienes y posesiones.

Sin embargo, en la lucha por una nueva civilización, a la vez más humana y más respetuosa de la naturaleza, el conjunto de los movimientos sociales emancipadores deben asociarse. Como lo dice tan bien Jorge Riechmann:

"Este proyecto no es capaz de renunciar a ninguno de los colores del arcoíris en el cielo: ni al rojo del movimiento obrero anticapitalista e igualitario, ni al violeta de las luchas por la liberación de la mujer, ni al blanco de los movimientos no violentes por la paz, ni al anti-autoritario negro de los libertarios y anarquistas, y mucho menos al verde de la lucha por una humanidad justa y libre sobre un planeta habitable”.

La ecología de los pobres

La ecología social ha devenido una fuerza social y política presente sobre la tierra en la mayor parte de los países europeos, y también, hasta cierto punto, en EU. Pero nada sería más falso que considerar que las cuestiones ecológicas sólo preocupan a los países del Norte –que son un lujo de las sociedades ricas. Cada vez más se desarrollan en los países del capitalismo periférico -el "Sur"- los movimientos sociales con una dimensión ecológica.

Estos movimientos reaccionan a un agravamiento creciente de los problemas ecológicos de Asia, África y América Latina, como consecuencia de una política deliberada de "exportación de la polución" por los países imperialistas. Esta política, además, tiene una "legitimación económica insuperable" -desde el punto de vista de la economía capitalista de mercado- formulado recientemente por un experto eminente del Banco Mundial, el Sr. Lawrence Summers: ¡los pobres cuestan menos caros! Para citar sus propios términos: "la medición de costos de la polución dañina a la salud depende de los rendimientos perdidos debidos a la morbilidad y la mortalidad acrecentadas. Desde este punto de vista, una cuantificación dada de polución dañina a la salud deberá ser realizada en los países con los costos más bajos es decir, en los países con los salarios más bajos." Una formulación cínica que revela la lógica del Capital global mucho mejor que todos los sedantes discursos sobre el "desarrollo" producidos por las instituciones financieras internacionales.

Se ve aparecer así en los países del Sur esos movimientos que J. Martinez-Alier llama "la ecología de los pobres" o también "neo-narodnismo ecológico, esto es, las movilizaciones populares en defensa de la agricultura campesina, y del acceso comunal a los recursos naturales, amenazados de destrucción por la expansión agresiva del mercado (o del Estado), así como por las luchas contra el deterioro del ambiente provocado por el intercambio desigual, la industrialización dependiente, las manipulaciones genéticas y el desarrollo del capitalismo (los "agro-negocios") en el campo.

A menudo, estos movimientos no se definen como ecologistas, aunque su lucha tiene una dimensión ecológica determinante.

Va de suyo que estos movimientos no se oponen a mejoras traídas por el progreso tecnológico: al contrario, la demanda de electricidad, agua corriente, tubería de cloacas, y una multiplicación de clínicas médicas, son parte de su plataforma de demandas. A lo que ellos se niegan es a que la polución y destrucción de su hábitat natural sea a nombre de las leyes del mercado y a imperativos de la "expansión" capitalista. Un texto reciente del dirigente campesino peruano Hugo Blanco expresa notablemente el significado de esta «ecología de pobres»:

"A primera vista, el conservacionista aparece como el tipo, el tipo ligeramente loco, para el cual el principal objetivo en la vida es prevenir la desaparición de las ballenas azules o los osos pandas. Las gente común tienen cosas más importantes de las cuales preocuparse, por ejemplo cómo conseguir diariamente el pan. (...) Sin embargo, existe en Perú un gran número de personas que son conservacionistas. Por supuesto, si uno les dice, “usted es ambientalista", ellos probablemente contestaran "ecologista su hermana"... y todavía: ¿habitantes de la ciudad de Ilo y de los pueblos circundantes, en lucha contra la polución provocada por el Perú Del sur la Corporación Cobriza son considerados conservacionista o no? (...) ¿Y la población del Amazonas, no es completamente ambientalista, dispuesta a morirse por defender sus bosques contra la depredación? De la misma manera la población pobre de Lima, cuando protesta contra la polución de las aguas".

Entre las demostraciones innombrables de "la ecología de los pobres", un movimiento aparece como particularmente ejemplar, por su alcance a la vez social y ecológico, local y global, rojo y verde: la lucha de Chico Mendes y la Unión de Gentes del Bosque en defensa del Amazonas brasileño, contra el trabajo destructor de los terratenientes y los agro-negocios multinacionales.

Recordemos brevemente los momentos principales de esta confrontación. Militante sindical ligado a la Central Única de Trabajadores, partidario del nuevo movimiento representado por el socialista Partido de los Trabajadores, Chico Mendes organizó, a principios de los años 80, ocupaciones de tierras por los campesinos que vivían de la extracción de caucho (seringueiros) contra los latifundistas que enviaban a sus excavadoras contra los bosques para remplazarlo por pastizales. En un segundo momento tiene éxito organizando a los campesinos, a los obreros agrícolas, a los seringueiros, a los sindicalistas y a las tribus indígenas -con el apoyo de las comunidades de base de la iglesia- en la Alianza de los Pueblos del Bosque, que hace fracasar muchas tentativas de deforestación. El eco internacional de estas acciones le vale en 1987 el otorgamiento del Premio Ecológico Global, aunque un poco después, en diciembre de 1988, los latifundistas le expresan su estima por su combate y lo mandan asesinar con sus pistoleros.

Por su articulación entre socialismo y ecología, luchas campesinas e indígenas, supervivencia de poblaciones locales y salvaguarda del entorno global (la protección de la última gran selva tropical), este movimiento pudo convertirse en un ejemplo de las futuras movilizaciones populares en el «Sur».

Un vasto movimiento

Hoy, a la vuelta del siglo veintiuno, la ecología social se volvió uno de los ingredientes más importantes del vasto movimiento contra la globalización capitalista neoliberal, que también está en proceso de desarrollarse al Norte y al Sur del planeta. La masiva presencia de activistas ambientalistas fue uno de los rasgos llamativos de la gran manifestación de Seattle contra la Organización Mundial del Comercio en 1999. Y en el movimiento del Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001, uno de los actos simbólicos más fuertes del evento fue la operación conjunta entre militantes del Movimiento Sin Tierra, de campesinos brasileños, y activistas de la Confederación Francesa de Campesinos de José Bové, de la destrucción de una plantación de maíz transgénico de la multinacional Monsanto. La lucha contra la multiplicación desenfrenada de los organismo genéticamente modificados (OGM) moviliza en Brasil, en Francia y en otros países, no sólo al movimiento ecológico, también al movimiento campesino, y a una parte de la izquierda, con la simpatía de la opinión pública, la preocupación por las consecuencias imprevisible de las manipulaciones transgénicas en la salud pública y el ambiente natural.

La lucha contra la mercantilización del mundo y la defensa del ambiente, la resistencia a la dictadura de las multinacionales, el combate por la ecología, todo ello está íntimamente ligado en la reflexión y la práctica del movimiento mundial contra la globalización del capitalismo neoliberal.

AUTOR: Michael Löwy

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