lunes, 18 de febrero de 2013

Ecoética (I): La necesidad de una ética ambiental

El ser humano, en especial a partir de la Modernidad, ha observado la naturaleza con la idea de conquistarla, dominarla y someterla a sus propias necesidades. A lo largo de la historia, abandona su papel de figurante para autoproclamarse la especie protagonista, aquélla que con sus acciones es capaz de cambiar el devenir de la trama e incluso el guion que le había sido reservado.

El hombre ve en la  ciencia y la técnica no solamente su estrategia evolutiva sino que es consciente que a través de ellas puede liberarse del esfuerzo que le supone vivir en la naturaleza salvaje. En un inicio, su capacidad de influir en el medio no es superior a la de cualquier otra especie, pero poco a poco incrementa mediante herramientas su capacidad de trabajo y, por ende, de perturbar el medio ambiente.

Así pues, al descubrir la agricultura, abandona su vida nómada para vivir de forma sedentaria. Este proceso, conocido como Revolución neolítica, permitió al hombre producir sus víveres y controlar por sí mismo su subsistencia.

Además, le permitió generar un amplio excedente alimentario, trayendo consigo el primer gran período de crecimiento. Ese sobreproducto posibilitó que parte de la población pudiese vivir sin necesidad de trabajar en el campo, surgiendo así una división social entre los productores y las clases dominantes (ejércitos, gobiernos, funcionarios, sacerdotes…).

Así pues, fue un cambio en la relación entre ser humano y naturaleza lo que permitió crear una capa social dedicada al estudio de la ciencia, la filosofía o la política. La sociedad siguió avanzando, creando estructuras sociales más complejas y desarrollando su capacidad científica y tecnológica.

A la aparición de la agricultura le siguió el uso de los metales, el surgimiento de los grandes imperios, el descubrimiento de América, el colonialismo y la Revolución industrial. Este último suceso marca el que sería el segundo gran salto metabólico de la sociedad.

La economía basada en el trabajo manual fue reemplazada por otra dominada por la industria, favoreciendo la expansión del comercio y dando paso a grandes transformaciones sociales, económicas, tecnológicas, culturales y ambientales.

Hubo un tercer salto metabólico a destacar en la relación entre la sociedad y el medio ambiente: el inicio de la fase fordista del capitalismo, en que se sustituye el carbón por el petróleo como fuente energética principal y se produce el desarrollo de la industria química y automovilística.

En resumen, el industrialismo originó una serie de cambios en la estructura social, productiva y en el medio ambiente. La creciente demanda de trabajadores en la ciudad provocó un masivo éxodo rural, migraciones internacionales y el crecimiento exponencial de la población mundial. Además propició el nacimiento del «proletariado» como clase social y el intercambio desigual entre individuos, clases sociales y países.

Aunque existe una relación entre las desigualdades sociales y la crisis ambiental, como denuncia el ecologismo social, el factor relevante en este estudio es el inmenso desajuste que se produce entre los ritmos de la economía y el ritmo natural de la biosfera.

En un inicio el sueño de dominación del hombre moderno sobre la Tierra parecía real, la economía crecía sin cesar, la ciencia avanzaba sin límites aparentes y la población crecía evidenciando la superioridad evolutiva de aquél Homo economicus incapaz de ver las consecuencias de sus actos.

Pero como dijo el poeta, «los sueños, sueños son» y pronto empezaron a surgir las primeras evidencias del desequilibrio entre la dinámica social-económica y la dinámica natural-ecológica.

La publicación en 1972 del primer informe del Club de Roma titulado «Los límites del crecimiento» evidenció la necesidad de poner freno a una etapa de expansión económica que está llamada a destruir el complejo equilibrio ambiental.

La extinción masiva de especies, el agujero de la capa de ozono, el fin de las reservas de petróleo o el cambio climático no son más que evidencias de una crisis de civilización, un conflicto entre la sociedad industrial y el planeta Tierra.

Nuestro planeta no podrá aguantar durante más tiempo esta situación provocada por el crecimiento de la población mundial, la generalización de los hábitos de consumo occidentales y el desarrollo tecnológico propio de los países dominantes.

Así pues, se abre un proceso de reflexión en torno a nuestra forma de vivir en el mundo, la cual en los años setenta llega al ámbito de la filosofía, comenzándose a desarrollar la «Ética ambiental».

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