martes, 18 de diciembre de 2012

Mejor que no se reúnan más

La cumbre de Doha (COP18) fue el escenario del enésimo fracaso en la lucha internacional contra el cambio climático. Ni la Unión Europea, ni los países emergentes, ni mucho menos Estados Unidos o los países de la antigua Unión Soviética fueron capaces de bajar la cabeza y aceptar la necesidad de ayudarse unos a otros.

Se ha decidido prolongar el acuerdo de Kioto hasta 2020, debido a la incapacidad de asumir nuevos retos, pero solo lo han ratificado la Unión Europea, Australia, Noruega, Islandia, Croacia, Kazajistán, Liechtenstein y Mónaco, que, en total, suman el 15% de las emisiones mundiales, mientras que países como Japón, Rusia o Canadá han decidido retirarse del acuerdo.

Lógicamente nadie ha querido poner ni un euro para financiar el Fondo Verde para el Clima, que debería estar dotado con 100.000 millones de euros para que los países en desarrollo (que no son culpables del calentamiento global) puedan evitar las consecuencias del cambio climático.

¿Qué instrumento es más productivo: la ONU o el G-20?

Un fracaso tras otro, el miedo a la pérdida de competitividad lleva a los países a hacer oídos sordos ante la imperiosa necesidad de cambiar sus modelos productivos y de consumo.

Ante los reiterados fracasos, ya hay voces que apuntan a la necesidad de trasladar las negociaciones al G-20, donde se concentran el 90% de las emisiones y 2/3 partes de la población mundial.

Pero eso entraña ciertos riesgos. Por un lado, la imposición a otros países de los acuerdos llegados entre los responsables del cambio climático. Vista la poca voluntad de trabajar conjuntamente con el tercer mundo, esto podría provocar la falta de instrumentos económicos para el desarrollo sostenible del tercer mundo. También es remarcable, que se impondría un sistema de vida a todo el mundo, el del G-20 y el FMI. Por lo tanto las diferentes ayudas que podrían recibir los países en vías de desarrollo estarían supeditadas a la aceptación de las normas de juego: el capitalismo neoliberal se impondría como única alternativa viable.

La solución pasa por romper con el régimen

Los países que quieran luchar activamente contra el cambio climático y aquéllos países del tercer mundo que vaya a sufrir sus consecuencias deben decir basta y crear sus propias estructuras productivas y comerciales al margen del resto de países.

Sé que es muy fácil decirlo y muy complicado hacerlo, sobretodo políticamente, pero la creación de espacios como el CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) o la Unión Europea debería ir trabajando en la necesidad de restringir sus relaciones comerciales con aquéllos países que incumplan los derechos humanos o los acuerdos climáticos.

Es indispensable crear espacios donde no haya miedo a la pérdida de productividad que supondría aplicar algunos cambios productivos y para eso es indispensable crear aranceles o restringir el comercio con países que incumplan las reglas productivas.

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