domingo, 10 de abril de 2011

La industria agroalimentaria (II): Los transgénicos y la segunda revolución verde

La revolución verde, es el nombre con el que se conoce al importante aumento de la producción agrícola vivido a mediados del siglo pasado (1940-1980 aproximadamente). Este incremento de la producción fue posible gracias a la implantación de monocultivos y a la aplicación de grandes cantidades de agua, fertilizantes y pesticidas. Este fue un cambio muy importante en los sistemas de producción, la agricultura ya no iba destinada a la subsistencia de los campesinos, sino que se transformó en una agricultura de mercado, destinada a vender su producción y a maximizar beneficios.


Estos sistemas de producción comportan una importante mecanización de los sistemas agrícolas y en muchos casos provocan la especialización de la producción en unos pocos cultivos, los más productivos, que acaban desplazando a las especies o variedades autóctonas.

Hoy en día, hay lo que se empieza a conocer cómo la segunda revolución verde, basada en la biotecnología. La idea se centra en el uso de transgénicos (organismos modificados genéticamente), para crear variedades resistentes a plagas, o que sean más productivas en condiciones ambientales poco favorables.

El uso de transgénicos es un tema muy debatido en la actualidad y las decisiones que se tomen en los próximos años tendrán una gran relevancia en el futuro. Es por eso, que dedicamos el segundo artículo de este bloque a el uso de transgénicos en el mundo.



El vídeo del artículo es el documental llamado "El mundo según Monsanto, de la dioxina a los OGM, una multinacional que le desea lo mejor", el cual explica la situación de los transgénicos en Estados Unidos. Hablar de transgénicos es hablar de Monsanto, una empresa líder mundial en producción agrícola. Basa su actividad principalmente en producir herbicidas y semillas modificadas genéticamente. Por lo tanto, se dedica a la biotecnología agrícola, una disciplina que está en pleno desarrollo hoy en día.

Uno de sus productos estrella, es el Roundup un herbicida muy poco convencional. Su funcionamiento es muy sencillo, el herbicida acaba con todas las plantas, excepto con aquellas que tienen un gen que las hace resistentes al Roundup. Por lo tanto, Monsanto obtiene un doble beneficio, por un lado tiene la patente sobre las semillas modificadas genéticamente y por el otro, tiene la patente sobre el herbicida. Un ejemplo muy conocido es la soja RoundupReady (resistente al Roundup), que supone un 58% de los cultivos transgénicos en el mundo.

Monsanto no es una empresa ejemplar. De hecho, acarrea multitud de juicios a sus espaldas. El desconocimiento sobre las consecuencias de los transgénicos ha comportado graves problemas a lo largo de su actividad, entre los cuáles cabe destacar los siguientes:

  • Hormona somatotropina para las vacas: Distribuida por Monsanto con el objetivo de aumentar la producción. En Canadá y la UE está prohibido su uso debido a que se cree que comporta un riesgo potencial tanto para los consumidores como para los propios animales. Diferentes estudios señalan que dicha hormona provoca un aumento de enfermedades infecciosas en las vacas, lo que se traduce en un aumento de los antibióticos que deben administrarles. Por lo tanto, existe el riesgo de que se transmitan alteraciones producidas por la hormona a la leche de consumo y además se observa una mayor concentración de antibióticos.
  • Policloruro de Bifenilo (PCB): Fue un compuesto muy utilizado durante el siglo XX hasta que se prohibió en 1970. Actualmente se considera uno de los 12 productos más contaminantes producidos por el hombre. Recientes estudios concluyen en que es responsable de un menor desarrollo intelectual. Actualmente está prohibido en casi todo el mundo.

Son dos de las muchas controversias que se han desarrollado alrededor de la actividad de Monsanto. Cabe destacar, que al ser una empresa dedicada a la producción de alimentos, cualquier producto que ésta ponga en el mercado acabará entrado en nuestro organismo. Por lo tanto, sería de esperar que las medidas de seguridad fuesen extremas, pero no lo son. Al menos en EEUU, dónde se sigue el principio de la "equivalencia sustancial", el cuál podría acabar siendo una de las mayores estafas alimentarias de la historia de la humanidad.

El principio de equivalencia sustancial se basa en que cómo los genes son algo natural, el hecho de introducir genes de un organismo a otro no supone un riesgo para la salud. Éste principio es el responsable de que en Estados Unidos no haya una legislación propia para los transgénicos, la cual cosa tiene diferentes consecuencias. Por ejemplo, el hecho de no indicar en las etiquetas de los alimentos si estos contienen productos transgénicos, la cual cosa imposibilita a los consumidores a decidir sobre su propia alimentación.

Pero cuando hablamos de transgénicos, hay que tener en cuenta dos aspectos muy negativos. Por una parte, no se sabe con exactitud sus efectos a largo plazo y probablemente no los sabremos hasta que estos ya sean visibles. Modificar genéticamente a organismos puede traer problemas impredecibles para sus consumidores. De hecho, recientes estudios señalan que el herbicida Roundup (el más utilizado en el mundo) está relacionado con el cáncer, ya que altera los procesos de división celular. Quién sabe si con el tiempo, se demostrará definitivamente que es un producto cancerígeno y tendrá que ser retirado del mercado, cómo ya ha pasado con muchos otros herbicidas. Éste es el riesgo potencial de utilizar productos de los cuáles no conocemos sus efectos.

El otro punto a destacar en contra es el de las patentes. De aceptarse de forma global la producción de transgénicos, su uso está delimitado por la ley de propiedad intelectual. Aunque estamos hablando de organismos vivos (plantas, ganado...) éstos son patentes de una empresa, la cual los ha "diseñado" y por lo tanto tiene el derecho de exigir que se le pague por su uso. Es un tema muy controvertido y que pone de manifiesto problemas éticos de ésta nueva forma de concebir el mundo. Imaginémonos un mundo en el que la producción de semillas recae sobre unas pocas empresas, las cuales tienen casi el monopolio de la producción de alimentos en el mundo. Enseguida nos vendrían a la cabeza multitud de inconvenientes, por ejemplo, que dichas empresas podrían exigir precios muy altos, o condiciones de trabajo precarias, o simplemente que no es normal que la producción de alimentos de todo el mundo dependa de unas pocas empresas. Pues no hace falta imaginar mucho, éstos problemas ya se dan en Estados Unidos, donde Monsanto controla una gran parte de la producción de soja, maíz... provocando grandes presiones sobre los agricultores, los cuales quedan sujetos a las condiciones que marca la empresa.

El problema de las patentes, tanto de los alimentos cómo de los medicamentos o de cualquier otro producto, es uno de los grandes problemas a resolver en el mundo. Es una gran fuente de enriquecimiento de unos pocos, en detrimento de muchos otros que se ven obligados a pagar una y otra vez por el mismo producto. Cabe destacar, que éste no es un problema de los transgénicos en sí, sino de la sociedad. No se puede achacar a la biotecnología un problema que no le corresponde, pero sí que hay que tener en cuenta sus posibles consecuencias.

Por otro lado, no todo es negativo en los transgénicos. El hecho de modificar variedades de cultivo resistentes a sequías, o a otras hostilidades del clima, podría ser la única opción de asegurar la seguridad alimentaria en un futuro. Cabe destacar, que el cambio climático podría hacer disminuir en gran parte la producción de alimentos, y por lo tanto no hay que cerrar puertas a ninguna alternativa.



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